Cazadoras del Romance

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 Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca

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mdfernandez
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MensajeTema: Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Icon_minitimeJue 26 Mar 2020 - 17:03

Hola cazadoras. Pues como dice el tema, os voy a dejar diferentes capítulos de la novela que estoy escribiendo, y la idea es ir subiendo cada día un capítulo diferente; sí, uno por día. Tengo 6 más empezando el séptimo, teniendo para estas dos semanas consecutivas nuevas que nos faltan aún. No sé que os parecerá mi iniciativa, espero que sea del agrado de este exigente foro  Jiji Yupy!!. Sin más os dejo con el primer capítulo. 


I

    —Señor, una llamada para usted —interrumpía el agente encargado del departamento telefónico de la comisaría la conversación que mantenía con mi equipo sobre la operación que llevaríamos acabo la semana que viene para desmantelar un grupo de traficantes de la zona.
 
   —Ahora no Greg, estoy muy ocupado —le respondí con forma expresiva al haber interrumpido mi explicación.
 
   —Señor inspector, es Richard Edwards. —El puntero láser de mi mano se quedó inmóvil sobre la fotografía de uno de los integrantes de la banda en el proyector, como la mira láser de un francotirador antes de apretar el gatillo. En esa llamada el gatillo lo estaba apretando Richard Edwards sobre mi comisaría, rechazando cualquier oficina del FBI como solía hacer, diciendo el nombre, la fecha y el lugar donde encontrarían el cadáver de su siguiente víctima. Daba igual la vigilancia que pusiese el FBI, siempre cumplía con su amenaza, ridiculizando el nombre de turno que figurase en el FBI—. Dice que tiene a su hija —su tono de voz se crujía a medida que me pronunciaba aquella aterradora frase.
    —Tiene que ser un imitador. Pásame la llamada a mi teléfono —le dije mientras el puntero láser lo dejé apoyado sobre la mesa, apagando la mira hacía ese integrante de la banda.
No era su modo de actuar. Siempre anunciaba el nombre de sus víctimas días antes de realizar su crimen. Esa llamada era desconcertante a su personalidad, pensando una vez más que era un simple imitador en busca de su titular en el New York Times.
    —Hola inspector Mathew.
   Mi respiración se paralizó al confirmar que sí era él, volviendo a oír su voz de nuevo tres días después de haberlo arrestado en mi jurisdicción. Hace tres días lo esposamos y se sentó en el asiento trasero del vehículo policial bajo la vigilancia de uno de mis hombres, marcando el teléfono para ponerme en contacto con el FBI y avisar de su arresto. No recuerdo si llegó al tercer segundo de la espera cuando se puso al teléfono un peso pesado del FBI que me preguntó el lugar donde me encontraba. Sin colgar la llamada miré al coche policial, viendo como el cuerpo de mi hombre estaba con el cinturón de seguridad cubierto por su propia sangre. Ninguna puerta estaba abierta ni había huellas de pisadas de la huida, pero Edwards no se encontraba ya en el interior del vehículo... solo quedaban las esposas rotas sobre el asiento. Se realizó una búsqueda exhaustiva junto al FBI y la interpol sobre varios kilómetros a la rotonda, cortaron carreteras y cancelaciones de billetes de cualquier medio de transporte; pero tres días después estaba en la otra línea telefónica diciendo que tenía a mi hija.
    —Espero que le gustase tanto como a mí su intensa búsqueda la manera que dejé a su amigo en el coche de su comisaría. Le puse el cinturón de seguridad después de degollarle; el cuerpo de policía tiene que dar ejemplo.
    —¿Dónde la tienes? —mis palabras no pudieron camuflar como mi tono se elevaba y mi respiración se exaltaba al pensar que ese asesino sanguinario tenía a mi pequeña de catorce años. Por más que intenté hacer respiraciones profundas para evitar excitarle y que hiriese a Carol, no lo conseguí.
   —¿Tan pronto quieres saber dónde la tengo? ¿Dónde se ha dejado la magia de la incertidumbre inspector? ¿No me quiere preguntar primero donde he estado estos tres días? Muy mal inspector. Interpone su vida privada antes que su deber policial al estar hablando con el asesino más buscado.
     —Sí, es cierto, soy un mal policía. ¿Cómo sé que está contigo? — la máquina rastreadora de llamadas en los años noventa no era tan eficaz como las de hoy día, teniendo que alargar varios segundos más aquella perturbadora conversación con el asesino cuyo nombre llevaba encabezando durante más de quince años todas las listas planetarias de los mayores buscados, y ahora, tenía a mi hija. Había asesinado en cada uno de los cinco continentes del planeta, dejando tantas huellas en sus crímenes como en el tazón de cereales de un niño pequeño, pero no servían para nada. No tenía registrado nada a su nombre, ni un simple mechero para encenderse un cigarro: Era una sombra con vida que viajaba sin dejar rastro por todo el planeta. 
    —Me ha sorprendido la poca seguridad que había en su centro escolar. Creía que la hija del inspector que atrapó al célebre Edwards tendría más seguridad. Si fuese usted, interpondría una denuncia por la escasa vigilancia hacia sus alumnos.
  
   —Hijo de puta, dime dónde la tienes. Sólo tiene catorce años —mis palabras se olvidaron de las respiraciones profundas y de la compostura de un inspector de policía, para convertirse en gotas de rabia que se transmitían a través de la línea telefónica. 
    —Recuerde inspector, que algunas de mis víctimas han tenido menos edad que su hija.
    —Por favor, no le hagas nada. — Las víctimas a las que hacía referencia fueron una pareja de hermanos en el país de Japón. Uno tenía doce años y otro sólo nueve. Sus cuerpos aparecieron desmembrados e hizo un puzle con sus miembros, intercambiándolos de cuerpo como los recortables de muñecas que se les regalan a las niñas.
    —Me llama hijo de puta y después intenta que no le haga nada a mi víctima. ¿Suspendió las clases de negociación en la academia, inspector? Veo que no le interesa donde he estado estos tres días —volvió a repetir—. A usted quizás no, pero al FBI seguro que sí le interesa. ¿No están escuchando la llamada?
    
     —¿Cómo lo sabes? —¿Cómo podía saber que el FBI tenía carta blanca para interceptar cualquier llamada relacionada con él?
    —¿No me lo va a preguntar?
    
   —No —fui tajante. No me importaban los lugares que estuvo esos días. Estaba jugando con la vida de mi hija haciéndome preguntas absurdas para dinamitar mi paciencia, pero no me importaba si en unas horas existía un expediente negro en mi informe. Solo quería tener de nuevo a mi hija entre mis brazos y seguir viéndola crecer hasta que fuese abuelo y viese a mis nietos jugar en mi jardín.
   —Bueno, ya no hace falta. Llevamos más de un minuto hablando inspector. Vuestra maquinita creo que ya ha localizado la llamada y sabe desde el lugar que estoy llamando. —De nuevo ese cabrón se había anticipado a nuestros movimientos, conociendo la última tecnología que poseía mi departamento. Era cierto. Habíamos interceptado su llamada, sabiendo su localización exacta, movilizando varias patrullas hacia su localización mientras mi cuerpo se mantenía intacto en el escritorio para alargar esa conversación que lo mantendría ocupado al teléfono hasta la llegada de mi equipo para salvar a mi pequeña Carol. Se encontraba apenas unos pocos kilómetros de la comisaría, teniendo que actuar con rapidez si no quería que su aterradora habilidad para asesinar dejase un río de sangre con mi pequeña—. Aunque la maquinita del FBI es mejor que la de tu comisaría. Me imagino que ya estarán volando uno de sus helicópteros a mi posición. Tenemos poco tiempo inspector.
     —No espera.
   —Antes de colgar el teléfono y enviar sus patrullas, quiero que oiga una cosa —dijo repeliendo mi respuesta. Oí la voz de mi hija entre jadeos.
   —Esta vez no te escaparás. Te vas a pudrir en una celda e iré a visitarte todos y cada uno de los días. Racionaré tu comida hasta el punto que solo podrás moverte para ir al baño y levantar el tenedor de plástico casi sin pulso para alimentarte —los jadeos de mi hija los oía cada vez más cerca, acercándose al teléfono. La tenía alejada de él varios metros.
   —Sólo quería que oyeras como tu hija se despide de ti. 
   —¡No! —era la voz de mi hija que la oía con tanta nitidez como la suya.
   —Cuando te arresten mis hombres te mataré con mis propias manos, vaciaré todos los cargadores de mis agentes en tu cuerpo. Tendrás tantas balas en tu cadáver que el forense tardará horas solo en quitártelas todas —mis palabras se mezclaban con lágrimas visibles en ellas; el hombre con el que Edwards estaba hablando no era el inspector de la comisaría del estado de Virginia, si no el padre de Carol.
    —Díselo —le decía a la vez que oía como la golpeaba.
   —¡Carol, te rescataré de donde estés! —le decía con rabia—. Mi equipo está llegando—. Pasaron varios segundos donde solo se oía un forcejeo y jadeos de negación de mi hija. Finalmente, la volví a oír.
 
    —Adiós papá.
    —Carol no te des...
   La llamada se cortó, dejando que oyese como mi propia hija se había despedido de mí al dejar solo el sonido de los tonos de la llamada. Cogí el coche más rápido de la comisaría y me dirigí al lugar donde hizo la llamada: Se trataba de un viejo polígono industrial abandonado de los años setenta. Los límites de velocidad se fulminaban al paso por la interestatal en el vehículo que conducía. Era un Porsche que tenía la comisaría para fugas a alta velocidad y carreras callejeras. Al llegar al lugar pude ver a múltiples coches de mi comisaría aparcados, junto a un helicóptero del FBI. Ya era nuestro. Su rapidez se vería ridiculizada por la vista de un pájaro del FBI en aquel polígono abandonado, sin rastros de civilización que entorpeciese su preciada vista desde el aire.
   Un miembro de mi comisaría salió a toda prisa del interior de la nave industrial al oír el sonido del deportivo policial, cruzando la cinta policial que estaba colocada en la puerta de la nave. Pertenecía al equipo forense y sus guantes estaban cubiertos de sangre.
   —Señor, le recomiendo que no entre —sus ojos mi miraban con la misma benevolencia que deberían tener los ojos de un dios al mirar a un mortal, suplicándome que no entrase a buscar lo que quedase de mi pequeña. Su mirada estaba destrozada, como si el cuerpo sin vida que estaba inspeccionando fuese el de su propia pequeña.
   —¿Dónde está Edwards? ¿Y mi hija? —le preguntaba incoherentemente como un padre que pregunta como está su hijo después de un terrible accidente de tráfico... como inspector sabía dónde estaba mi hija.
    —Mathew —me dijo con mi nombre de pila, olvidando en esos instantes que era su superior—. Por favor, no entres. —Continuaba con la misma benevolencia en sus ojos, impidiendo que viese el estado que había dejado el cuerpo de mi hija ese carnicero psicópata.
   —Mi hija... —Me derrumbé en un aterrador grito que se reprodujo a muchos metros de donde estábamos, haciendo volar a los pájaros que descansaban sobre los cables eléctricos del polígono.
   
    —Por favor, márchate a tu casa. Ya nos encargamos nosotros —me dijo apoyando uno de sus guantes sobre mi hombro. Cada palabra que pronunciaba la oía más sutil, midiendo cada una de ellas para no fraccionar más el dolor que salía de mis ojos impregnados en llanto.
   —¿Es su sangre? —mi rostro estaba empapado por ese llanto que derramaba frente a la puerta de la nave cubierta con la cinta policial.
  —No lo hagas más difícil Mathew. —Su rostro empezaba a humedecerse también—. Llamaré a la comisaría para que traigan un coche policial que te lleve a tu casa.
   —No —le respondí a la vez que me llevé las manos al bolsillo y saqué mi placa policial—. No te estoy hablando como Mathew, el padre de Carol. Te está hablando el inspector jefe de tu comisaría. —me comunicaba con ella de la única manera que me dejaron mis pulmones; débil y pausadamente empecé a hablar por la asfixia que sentía en mi respiración, ahogando cada una de las palabras sin dejar de apuntarle con mi placa—. Como tu superior al mando te exijo que me enseñes el lugar del crimen. ¡Tengo que documentar el crimen de Edwards! ¡Es mi jurisdicción!
  Sin decir nada me abrió paso levantando la cinta policial para que accediese al interior donde se encontraba Carol. No me importaba el resto de mi comisaría ni los agentes del FBI, solo tuve ojos para mi pequeña. No tardé mucho en encontrarla en el interior de la inmensa nave.
    —¡Hijo de puta! —fueron las únicas palabras que pude pronunciar cuando la vi.
   Dejé de respirar muchos segundos mientras la veía en silencio apoyada sobre la pared con sus ojos abiertos, como si fuese a decirme “hola papá”, todo ha salido bien. Estaba completamente vestida, habiendo dejado intacta toda su vestimenta sin ningún tipo de agresión a su cuerpo. Había acabado con su vida degollándola con una gran arma blanca, dejando una enorme herida de varios centímetros de grosor en su cuello, donde su cabeza seguía pegada a su cuerpo por estar apoyado contra la pared. La forense no dejaba de contarme como había sido el crimen, oyendo su voz tan lejana que era casi imperceptible, semejándose al eco de un sueño donde estaba sumergido y estaba a punto de despertar. Me decía que había pegado sus párpados con pegamento para que no le pudiésemos cerrar los ojos, teniendo que mirarla a sus ojos marrones paralizados de vida. Él sabía que no me quedaría afuera esperando un simple informe, que usaría toda mi fuerza policial para entrar y verla por última vez antes de que la metiesen en una bolsa térmica. Un minúsculo charco de sangre en el suelo era toda la sangre que junto con algunas gotas sobre su ropa había en el lugar del crimen; el resto de sangre estaba impregnada en la pared, recreando con ella un enorme mensaje, un mural de varios metros cuadrados sobre las mugrientas paredes abandonadas. La forense me señaló un cubo de unos cinco litros de color blanco que estaba coloreado con el rojo de la vida que le había quitado de mi hija. Me dijo que al degollar a su víctima sin saber cómo esparció casi los cinco litros de sangre que tenemos los humanos en el interior de aquel cubo. Más de medio cubo contenía aún la sangre de mi pequeña, tan líquida y brillante como el oro recién fundido. La forense no pudo darme las explicaciones de cómo pudo en esos escasos minutos vaciar toda la sangre de su víctima, escribir el inmenso mural y huir sin que el helicóptero del FBI lo hubiese visto. Entre los dedos de su mano derecha había pegado un sexto dedo, perteneciente a su mano izquierda, la cual, descansaba en el suelo con solo cuatro dedos. El dedo estaba cubierto de sangre, representando una macabra escena donde quería interpretar que el cadáver de mi propia hija lo había escrito con una tiza.
   «Hace pocos días me atrapaste y me quisiste llevar a tu pequeño calabozo. Has sido el único policía de este mundo que ha sido capaz de atraparme. Quería felicitarte inspector. Le devuelvo el pequeño calabozo donde jamás podrá salir».
   Desde 1998 llevo sin poder ver a mi pequeña a los ojos, tirando o quemando todas sus fotos. Cada vez que la veía en cualquier fotografía recordaba la macabra escena apoyada contra la pared de aquella nave. Mi mujer no soportó como empezaba a romper sus fotos, impidiendo que destruyese el único recuerdo de su sonrisa adolescente. Le decía que ella no vio lo que yo vi. Pero no lo entendía, me decía que eso era parte de mi trabajo y que no quería saber nada relacionado de su muerte. Lo único que entendía que ya no la tenía. A las pocas semanas nos separamos y a los pocos meses nos divorciamos. Había encerrado mi vida en ese calabozo, tal y como había prometido escrito en ese mural. Antes de acabar el año me despidieron del cuerpo por realizar mi trabajo bajo los efectos del alcohol. Maldecía el día que atrapé por unos instantes a ese ser que destruyó mi vida en muerte, deseando haber mirado a otro lado y que hubiese sido otro policía quien lo arrestase. Al año y tres meses volví al cuerpo después de unas largas vacaciones en ninguna parte.
    Todo comenzó en el año 1981 cuando Richard Edwars fue condenado a muerte en la silla eléctrica por sus crímenes a la temprana edad de quince años. Todo salió bien; el voltaje, la intensidad... pero a las pocas horas volvió a respirar cuando dejaron su cuerpo en una de las cámaras de la morgue, saliendo con sus propios pasos de allí con tres asesinatos. Los médicos diagnosticaron que fue una rara reacción a la muerte que no recuerdo su nombre, dejando el cuerpo en un estado que se asemeja a la muerte pero su corazón sigue latiendo. Según dijeron había informes de gente que se había enterrado en vida y resucitado hasta dos días después. Desde entonces, sus asesinatos se han multiplicado y jamás se le volvió a ver... hasta el 16 de mayo del 1998, tres días antes de que asesinase a mi pequeña Carol.

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MensajeTema: Re: Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Icon_minitimeSáb 28 Mar 2020 - 19:39

COmo prometí, han pasado dos días y subo el siguiente capítulo. Espero que sigáis leyendo esta historia y que os guste para pasar estos días de cuarentena  ^^º ¡Anda!


II: 1981
Richard Edwars
 
    —Es tu última cena Edwards. Elígela bien porque allí donde estarás mañana no tendrás nada, hijo de puta.
    Estaba sentado sobre la cama de mi celda viendo como él, un hombre que no debería estar esa noche allí en el corredor de la muerte, pronunciaba aquella frase. El funcionario que sí debía estar esa noche haciendo el turno de guardia junto a su compañero estaba librando en su hogar al mover él todos los hilos posibles para estar allí. Se trataba del compañero del policía al que maté y que mañana me juzgarían sentándome en la silla eléctrica. Aún eran visibles sus tres balas en mi cuerpo antes de arrestarme en la último refugio que tuve junto a mis padres en un pueblo de Georgia.
    «Todo aquello ocurrió la noche que “detuvieron” a mis padres aquella madrugada hace cuatro meses. Detención, era la palabra que salía y estaba escrita en el informe policial; pero en realidad fueron fusilados por la policía delante de mí. Llevábamos días huyendo de la policía tras el último atraco con víctimas mortales en el banco de Clarkston, en el condado de Dekalb en Georgia. Las víctimas que sumaban con aquel atraco mis padres superaban los trece asesinatos en los tres años que llevábamos viviendo como fugitivos, recorriendo todo el estado siempre huyendo de la policía. En esos tres años no volví a pisar una escuela, sobreviviendo de los numerosos atracos que cometían mis padres. Desde hacía tiempo la prensa nos puso el apodo de la familia Monson, frustrando a mi padre cada vez que oía o leía como nos nombraban. Decía que era un apodo muy poco imaginativo, siendo prácticamente una vulgar copia de la familia Manson. Pero, no podía enviar una nota de prensa y arriesgarnos a que nos descubriesen y arrestarnos; sabían que sí les atrapaban, no volverían a salir de una celda con vida.
    Como solíamos actuar en las huidas no pisamos la interestatal, circulando siempre por carreteras secundarias y cambiando de vehículo cada pocas horas. El encargado de robar esos vehículos era yo, que me especialicé en esos años en el robo de coches, despistando de esa manera a la policía que mostraba su incompetencia al no poder cogernos en esos largos tres años. El último cambio de vehículo fue el más rápido que tuvimos esos días. Una familia estaba esperando en el interior del Bronco mientras el padre estaba repostando el tanque, colocando nuestro coche robado al lado del suyo y sin mencionar palabra, mi madre bajó con su escopeta en la mano y le reventó el pecho en un tiro a bocajarro. La mujer y los niños salieron corriendo del vehículo y en menos de veinte segundos, estábamos huyendo en nuestro nuevo vehículo por la comarcal, abandonando el viejo Chevrolet en la gasolinera con las salpicaduras de sangre del hombre a quien acababa de matar mi madre. La policía en aquella ocasión nos seguía de muy cerca, pensando que de esa manera volveríamos a huir de ellos una vez más. 

   A pocos kilómetros de ir conduciendo el nuevo Ford, nos desviamos por un camino de bosque hasta llegar a una cabaña de dos plantas retirada de cualquier rastro de tráfico. Con el todoterreno no tuvimos problema al cruzar ese camino que estaba lleno de nieve. Nos instalamos y parecía que era un buen lugar para descansar hasta el amanecer para despistar a la policía decenas de kilómetros de allí: Se equivocaron mis padres.
    A las dos y media de la madrugada vimos como una caravana de vehículos policiales estaban a menos de quinientos metros de la cabaña, iluminando el cielo con sus rojizas sirenas por el camino nevado. Eligieron malamente mis padres al pasar la noche en esa cabaña, convirtiéndose en nuestra propia ratonera al no existir otra salida que ese camino por donde se estaba acercando la caravana policial.
    Los dos primeros policías cayeron muertos antes de poner alguno de sus pies sobre la nieve, iluminando aquel rojizo intenso la nieve con la primera marca de sangre que sobresalió del parabrisas delantero. Mi padre le había disparado a la luna al vehículo que encabezaba la caravana, atravesando la cabeza del agente que estaba en el volante. El otro agente abrió la puerta para saltar del vehículo a la escasa velocidad a la que iba, pero la bala se incrustó en su cabeza antes de quitarse el cinturón de seguridad, dejando el vehículo que se estrellase levemente por la inercia contra el porche de la cabaña. Mi padre se había colocado en la ventana del baño de la planta superior, teniendo superioridad técnica en aquella posición elevada con la precisión de su inseparable rifle. Mi madre se colocó en la ventana del salón con la escopeta semiautomática de ocho cartuchos, teniendo a su lado dos cajas llenas de munición para defender su posición frente a todo un ejército. A mí me dieron una pistola y me coloqué en la ventana del salón a menos de un metro y medio de mi madre.
    Las puertas de los vehículos policiales empezaron a abrirse, cubriéndose los agentes con ellas como si se tratasen de una trinchera de la segunda guerra mundial. Las balas de sus reglamentarias atravesaban todos los cristales frontales de la cabaña que caían como granizo transparente por todo el salón, cubriéndonos mi madre y yo la cabeza para que no se nos incrustase ninguno. Uno de los agentes abandonó la trinchera para colocarse en el coche que se había estrellado sus compañeros sin vida a menos de tres metros de la ventana donde estábamos, cayendo abatido cuando mi madre apretó el gatillo y le reventó el pecho con dos disparos. El rifle de mi padre volvió a sonar, dejando otro cadáver desangrándose sobre la blanca nieve: Cuatro eran los policías que habían fallecido, quedando al menos otros cuatro que seguían vaciando sus cargadores contra nosotros.
    No vimos ninguno de los tres como uno de ellos abandonó su posición y se alejó hacía el inmenso roble que teníamos delante de la casa, vaciando el cargador de su reglamentaria contra la ventana del baño donde estaba mi padre. Su cuerpo cayó desde la planta de arriba como si fuese una enorme bola de nieve que caía del techo, quedando sin vida delante de nuestros ojos a menos de un metro. Mi madre enloqueció y salió por la puerta de la cabaña mientras que con una mano apretaba el gatillo y con la otra mano iba recargando los ocho cartuchos contra la policía. El ruido de las balas comenzó a descender al igual que los cuerpos sin vida de los agentes que iban cayendo sobre el suelo nevado, coloreando con su sangre el suelo invernal por los disparos despiadados de mi madre. Uno tras otro iba vaciando todos los cartuchos sobre sus cuerpos mientras los maldecía con ira. Finalmente su cuerpo cayó sobre la nieve con el mismo silencio que se había colocado en la ventana, habiendo matado su escopeta a dos agentes más, siendo seis los que mis padres habían matado. El silencio se apoderó del lugar durante una fracción de segundo, dejando la misma imagen que en un estudio de revelado fotográfico donde el rojo intenso de las sirenas se mezclaba con los charcos de sangre que se habían dibujado sobre la nieve.
   —Richard Edwars, sal con las manos en la cabeza y no abriré fuego —dijo uno de los dos únicos superviviente saliendo de su trinchera metálica—. El estado de Georgia no te condenará por tus delitos. Tú único delito ha sido robar vehículos para que los psicópatas de tus padres pudiesen huir tras sus crímenes. ¿Dónde están los ancianos que viven en esa casa?
    “Estaban hablando de los dueños de nuestra nueva casa. Mi madre había acabado con sus vidas con dos disparos a bocajarro con la escopeta cuando dormían plácidamente en la cama. Le había dicho que me sentía preparado para que fuese yo quien cogiese la escopeta y acabar con la vida de quien viviese allí antes de detener el vehículo frente a la cabaña ya con las luces apagadas. Me dijo que sí, que con quince años era lo bastante hombre como para acabar con la vida de sus dueños. Cuando terminaron de revisar en silencio vimos que los dueños eran una pareja de ancianos. Mi madre me quitó la escopeta de mis manos y me dijo que eran víctimas muy fáciles, que no me iba a dejar la escopeta y desperdiciar mi primer asesinato con dos viejos durmiendo. «El recuerdo de tu primer asesinato debe ser algo que jamás llegues a olvidar, un recuerdo que siempre tendrás latente en tu subconsciencia», me decía. Finalmente fue ella quien acabó con sus vidas. Le ayudé a mover los cuerpos hasta la planta de abajo donde estaba mi padre inspeccionando la casa en busca de cosas de valor. Lo más valioso que tenían era una cadenita de plata en el armario de la habitación junto a una pistola con el cargador lleno.
   —Tenías que haberles dejado agonizando hasta que se hubiesen ahogado con su propia sangre Margareth —le decía mi padre—. No tienen nada de valor estos viejos.
     —Putos tacaños —dijo mi madre disparando otro cartucho sobre la mano del hombre, desapareciendo cuatro de los cinco dedos—. Si eres un tacaño, te quedas sin mano. ¿Verdad Richard? —me preguntaba mi madre a la vez que sacaba la pistola que me dio en el tiroteo de la mochila—. La vieja también era una tacaña —me decía ofreciéndomela.
    —Si mamá. La vieja también lo era —apreté el gatillo y le hice dos agujeros en su mano derecha con dos balas.
    Sus cuerpos estaban apilados uno encima del otro en la cocina.”
 
   —Richard, no lo volveré a repetir. No me gustaría matar a un chaval —decía oyendo como dejó de utilizar el megáfono del coche policial y se adentraba en la cabaña—. Sé que eres un buen chaval.
   Solo escuchaba la voz de un policía, desconociendo donde se encontraba el otro. Pensé que se encontraría en el vehículo policial pidiendo refuerzos por la radio en cualquiera de los cinco que estaban aparcados sobre la nieve, siendo solo un policía el que estaba dentro de la casa en mi busca y captura. Finalmente lo vi entrando en silencio. Como deduje, estaba solo.
    —Muere, muere.
   Decía con una voz sorda por el ruido de las balas de ambas armas mientras veía como los casquillos caían vacíos sobre los cuerpos sin vida de los ancianos. Tenía en mi mano derecha la pistola que me había dado mi madre y en la mano izquierda tenía la pistola del viejo que guardaba en su mesita de noche. Disparaba con las dos manos a la vez, recreando la misma imagen de las películas de vaqueros que me gustaba ver en la televisión; justamente la escena donde entraba el sheriff disparando sus dos armas por la puerta de madera de la posada del pueblo.
    Al entrar en la cocina le fue imposible reconocer mi cuerpo embadurnado por la sangre reseca de los dos cadáveres sobre mi ropa, quedándome tumbado al lado de ellos. Mi cabeza estaba cubierta por una de las medias que guardaba mi madre en su bolso, quedando oculto mi rostro a excepción de mis ojos y un agujero que le hice en la frente. Cuando entró en la cocina la escena que le pasaría por su mente sería la del asesinato de los dueños de la casa, siendo yo mismo una víctima más con un disparo en la frente. Cuando bajó la guardia y estuvo apenas a un metro de mí, alcé las dos manos y empecé a incrustarle las balas en su cuerpo. Me levanté sin dejar de apretar los dos gatillos, vaciando casquillos cuando su cuerpo sin vida rebotaba en el suelo por el impacto de las balas.
   —Esto es por matar a mi padre, hijo de puta —ya no me quedaban balas, pero mis dedos seguían inmersos en ese tic nervioso sobre los gatillos, deflagrando aire en el interior de los cañones de ambas armas.
    Tiré las armas al suelo y fui a coger su arma cuando una bala se penetró en mi brazo izquierdo y acto seguido, una segunda bala impactó contra mi pierna derecha, dejándome herido y tirado en el suelo el tiempo suficiente para desarmarme delante del segundo policía que me estaba disparando. No estaba en el vehículo policial como había pensado. Estaba rastreando la planta superior mientras su compañero inspeccionaba la planta donde le esperaba.
 
    —¡Cómo te muevas te mato hijo de perra! —me decía mientras me seguía apuntando con su arma y veía el cuerpo de su compañero acribillado por las catorce balas que le incrusté en su cuerpo.
    —He vengado a mi padre y tu compañero ha sido mi primera víctima. Me he estrenado con todo un señor policía.
     —Calla hijo de puta —otra bala se incrustó en la misma pierna, teniendo dos balas en esa pierna que me inmovilizó por completo. Mi primer asesinato había sido un oficial de policía. En ese momento entendía las palabras de mi madre: Haber matado a uno de los viejos mientras dormía habría sido un recuerdo que me atormentaría el resto de mi vida—. Tienes suerte que el resto de patrullas están de camino —podía oír a una cierta distancia el ruido de las sirenas que se mezclaban con las cinco que seguían sonando—. Como digas una sola palabra más...
   —¿Qué vas hacer? ¿Vaciar el cargador contra mí como yo lo he hecho con tu amigo? —mis ojos transmitían un brillos peculiar, un éxtasis que solo era comparable en mi corta edad cuando perdí la virginidad dos años atrás al violar detrás de mi padre a la mujer de aquel hombre que le robamos el coche en la feria del condado de Fulton. Recuerdo como mi madre le obligó a mirar mientras mi padre le forzaba; luego, le siguió obligando a mirar cuando fui yo. Mi madre me decía: “hazte un hombre con esa furcia”.
    —¡Póntelas! —me gritaba a la vez que me tiraba sus esposas—. Quiero ver como te condenan a muerte hijo de perra.
    —Soy menor de edad. No me pueden condenar a muerte—le dije entre risas. Estaba eufórico. Mis manos aún me seguían temblando de aquella impactante escena donde acabé con la vida de mi primera víctima. “Un agente de la ley”, eran las palabras que se repetían en mi mente.
   —Póntelas hijo de puta. No lo volveré a repetir —esta vez sus palabras se acompañaron con una tremenda patada que estuvo a punto de desencajarme la mandíbula de mi boca. Con la boca llena de sangre continuaba en aquel éxtasis de risas sin importarme que su arma reglamentaria me estaba apuntando.
    Multitud de pasos se adentraron primero en el salón, y luego en la cocina donde se encontraron esa escena de éxtasis donde me sumergí plácidamente. Me pusieron las esposas y salí de la cabaña hasta uno de sus vehículos. Esposado fui caminando rodeado de varios agentes sin dejar de mirar el rojizo paisaje de los cuerpos desangrados sobre la nieve. Pude contar un total de ocho, incluyendo a los de mis padres. Mis padres murieron con una matanza policial y sumando veinte asesinatos en su lista.
   Se celebró el juicio el 19 de enero de 1981. Mi abogado intentó de todas las maneras legales que me acusasen de delirio y que me internasen en el complejo de salud mental de Georgia al ser menor de edad, pero el juez dictaminó viendo la fotografía del agente con catorce balas en su cuerpo, que acabé con su vida con premeditación y me acusaría como un adulto. Ese brillo enigmático no desaparecía de mis ojos, ni en el momento en el que el jurado dictaminó que se me condenase a la silla eléctrica. Decían que el hijo de los Monson no podía estar en libertad y que se volviesen a repetir la pesadilla en el estado de Georgia.
La fecha estimada para mi ejecución fue el 3 de marzo de 1981, más de cuatro meses después de la “detención” de mis padres.»
   —Mañana veré como la electricidad fríe tu cuerpo con la foto de mi compañero en mi mano, para que veas su cara mientras mueres y recuerdas las catorce veces que le disparaste —la venganza que no pudo realizar en la cocina aquella noche por su ética policial, llegaría a su momento al verme sentado en la silla eléctrica.
   Pedí un entrecot poco hecho con patatas. El brillo en mis ojos había desaparecido, dejando una simple mirada que miraba a los ojos de la muerte al saber el día y hora exacta que vendría a por mí. Nunca le pedí perdón por acabar con la vida de James, el policía que maté. Nunca supieron hasta esa fecha las múltiples violaciones que llevé a cabo junto a mi padre, pero, ya daba igual. Al día siguiente todos mis pecados serían perdonados. Me trajeron la cena como la había pedido y apagaron las luces al terminar gustosamente la que sería mi última cena, relamiendo el plato como un perro su cuenco de comida. Aquella noche no oí las voces del resto de presos que al igual que yo estaban condenados a muerte, siguiendo con el ritual que se tenía en aquel último lugar, guardando silencio para que el preso que fuese sentenciado al día siguiente se fuese en paz consigo mismo.
   La mañana llegó. Abrieron la puerta de mi celda y me llevaron esposado hasta el lugar donde se encontraba la silla que haría de verdugo. Estaba repleta de gente, como el estreno de una película en el cine que nadie quiere perderse para no oír como le cuentan el final en una conversación ajena en la calle. No conocía a ninguno de los asistentes, pensando que serían familiares de las más de veinte víctimas de mis padres. Una mujer me miraba con una rabia superior al resto de asistentes. Adiviné que se trataba de la mujer de aquella víctima por la que me estaban sentenciando. No dejaba de mirarla.
    —Sentenciamos a Richard Edwards por el crimen de un agente de policía. Bajo las leyes del estado de Georgia de los EEUU, su crimen será castigado bajo la pena de muerte en la silla eléctrica —el funcionario de prisiones contaba como sería mi muerte, los segundos que estaría pasando por mi cuerpo la electricidad y demás detalles que me parecieron más macabros que el asesinato por el que me estaban juzgando. El policía sacó la foto de mi víctima tal y como me había prometido la noche anterior, colocándola lo más visible a mi posición. Finalmente terminó de contar como sería mi muerte el funcionario—. A las 11:15 del día 3 de marzo del año 1981 se ejecuta a Richard Edwards, haciendo justicia con sus crímenes y quedando en paz para que quede impune y pueda entrar al reino celestial. Sus pecados se les están juzgando en vida.
   Se apartó y me dejó completamente a la vista de todos, como un espécimen nuevo en un zoo que acaban de traer de un país remoto y la gente ha pagado una entrada para verlo en el interior de una jaula: aunque mi jaula, estaba electrificada.
    —Accionen el mecanismo —dijo otro funcionario.
   Mi cuerpo atado empezó a convulsionar al sentir como todo aquel río de electricidad lo atravesaba, intensificando su dolor en cada fracción de segundo. Mis dedos se distorsionaban en movimientos de dolor, espasmos que los retorcían en movimientos inimaginables.
    De repente dejé de sentir ese dolor que hacía retorcer cada músculo de mi cuerpo en aquellos espasmos eléctricos, pensando que ya estaba muerto y que me reuniría con mis padres en el cielo. Pero todo a mi alrededor estaba paralizado, quedando toda aquella gente petrificada como si alguien le hubiese quitado la pila al reloj del tiempo; incluso el policía se mantuvo inmóvil con la fotografía de mi víctima en su mano. No podía mover ni un músculo, viendo como una chispa eléctrica se había quedado petrificada delante de mis ojos, como una ola del mar en una fotografía. De aquella multitud petrificada vi como uno de los asistentes guiñó los ojos una vez, repitiendo esa acción dos segundos después, intentando que viese que era el único que se podía mover en aquella reunión sedienta de justicia. Giró su cabeza y me miró con una amplia sonrisa. Se fue acercando a mí sin mediar palabra, creciendo un terror mayor que morir electrocutado, viendo inmóvil como aquel inusual hombre de mediana edad y con una vestimenta tan elegante como cualquier abogado, se acercaba cada vez más. Su cuerpo se envolvió en una intensa niebla que lo escondió durante unos segundos de mi vista. No entendía nada. Solo quería morir en paz. Ya había hecho las paces con dios y estaba listo para que me abrezase en su reino celestial mientras los ángeles me ofrecían la mano para entrar. Al desaparecer completamente la niebla, mis ojos se abrieron de la misma manera que cuando sentí la primera descarga eléctrica: Era yo quien estaba allí. Era como ver mi propio espejismo acercándose mientras el resto de mi alrededor estaba paralizado. La chispa de electricidad aún seguía difuminada delante de mis ojos.
    —No te molestes en preguntar quién soy, de donde vengo y porque tengo tu apariencia. Me aburren esas preguntas mortales de los humanos. Además, por mucho que quieras no puedes hablar, ¿cierto? —me hablaba con mi misma voz, realizaba los mismos gestos que yo... era una copia de mí—. Te quisiste convertir en un gran asesino como tus padres pero en tu primera víctima te están condenando a muerte. Tus padres al menos cuando les fusilaron habían matado a más de veinte personas. Tus padres se hubiesen sentido defraudado por el legado que les has dejado, una única víctima. Aunque tengo que reconocer que esa estrategia de simular que eras una víctima me gustó — ¿Cómo podía saber todo eso? Esa noche estaba solo, no había nadie más a aparte de la policía. Me estaba mirando con mis propios ojos, reflejando en los míos otros idénticos a los míos. No entendía que era eso que estaba viendo delante de mí sin dejar de hablarme—. Es cierto que el Richard Edwards que está a punto de morir así lo hizo y así debería haber quedado para el resto de la eternidad, comentando tu incompetencia como asesino en los libros de historia de este estado y en los diferentes programas. Pero, te voy a contar un pequeño secreto: El Richard Edwards que estás viendo delante de ti se convertirá en el psicópata más aterrador de la historia. La lista de víctimas que dejaré que pongan con tu firma será infinitamente mayor que la de cualquier asesino en serie conocido hasta la fecha. A partir de este mismo año olvidarán tu nombre de pila y la prensa y el mundo entero te conocerán como el fantasma. Serás tan grandioso que se olvidarán que perteneciste a la familia Monson. Nadie recordará a tus padres. Serán un viejo recuerdo que rellenará programas de crímenes de la televisión y la radio. Se convertirán en dos aficionados que jugaban con pistolitas y cuchillos a tu lado. Saldrás en la radio, en la televisión y en internet. ¿Internet? Sé que faltan muchos años para que lo inventen. Siéntete afortunado. Muchos de los presentes no llegarán ni a saber el nombre de esa fuente de comunicación global. Antes que vuelva a poner la pila al tiempo de tu mundo y vuelvas a sentir de nuevo toda esa electricidad en tu cuerpo, quiero que sepas que serás tan buen asesino que en este mismo año serás un miembro honorífico del FBI y de la interpool, encabezando las listas de los criminales más buscados en este mundo —sentí como de la nada entraba en mi mente y sacaba cada uno mis recuerdos, buscando en ellos como el que busca las llaves en un cajón, removiéndolo todo a su paso. Cada recuerdo se amontonaba uno encima de otro, como fotografías en movimiento—. Adiós viejo Richard —una enorme mancha de color negra apareció de la nada, quedando flotando en el aire a su lado al mover sus manos y decir palabras que no llegué a entender. Como si fuese una puerta flotante desapareció al introducirse por ella, junto al portal flotante en el aire que desapareció con él, dejándome solo de nuevo en mi sentencia a muerte.
    La somnolienta electricidad volvió a despertarse, siguiendo su recorrido por cada rincón de mi cuerpo. Cada vez más difuminadamente observaba como la gente volvía a realizar gestos y miradas hacía mí. Podía oler mi piel que se chamuscaba como una tira de bacon friéndose en el sartén. Mi momento había llegado. Lo supe cuando uno de mis ojos se inundaba en sangre al reventar uno de los vasos sanguíneos y empezaba a sangrar el otro.

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Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Empty
MensajeTema: Re: Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Icon_minitimeJue 2 Abr 2020 - 13:15

Sé que voy tarde, prometí cada dos días un capítulo y ya han pasado cuatro días  Juntar dedos . Por esa razón voy a subir dos capítulos seguidos, separados en mensajes para que sea más fácil su lectura. Espero de esta manera ayudar a alguna cazadora a matar el aburrimiento de la cuarentena.  




III


    Su cuerpo se quedó inmóvil en la silla eléctrica al terminar con su sentencia, viendo como seguía saliendo de su piel el característico humo de la intensidad eléctrica. Mantenía todavía la foto de mi compañero entre mis dedos, mostrándosela a sus ojos que seguían abiertos mirando al vacío sin vida.
En el interior de la centralita el carcelero subió la palanca de accionamiento, cortando la electricidad que alimentaba a la silla. El humo que desprendía su cuerpo creció, al igual que el aceite en una sartén que está apunto de arder y sé retira del fuego, avivando el humo que sale de ella. Cubrieron su cuerpo con la lona funeraria, dando a entender a los espectadores que seguíamos allí intactos que se había acabado la función y que nos fuésemos a nuestras casas.

    —Ya se ha hecho justicia —le dije a Marta, la mujer de James al buscar consuelo en un hombro conocido para llorar—. El asesino de James ha pagado por su delito.

    —Pero eso no hará que me lo devuelvan —me decía.

    —Es cierto. La justicia solo condena, no resucita —le dije—. Me tengo que ir a trabajar —esa mañana me había pedido libre unas horas en la comisaría. No di explicaciones; todos sabían por qué y sobraban las palabras—. Esta noche le haremos un homenaje a James en la comisaría. Podrías venir con los niños. Creo que disfrutarán viendo como toda la comisaría le hace honores a su padre.

    —Sí, allí estaré —fue lo último que nos dijimos.
Mi turno esa mañana en la comisaría se gastó en hacer llamadas para intentar localizar a un viejo amigo que me debía un favor de hace años. Finalmente sobre las cuatro de la tarde lo encontré, dirigiendo la llamada hacía el teléfono de mi despacho, teniendo la intimidad que buscaba.

    —Necesito que me hagas un favor.

    —Depende de que se trate.

    —Me debes una de aquella vez, ¿la recuerdas?

    —Sí.

    —No te puedes negar.

    —De acuerdo —dijo suspirando.

    —Necesito que me digas los descansos que tiene esta tarde Jonas en el laboratorio.

    —¿Para qué quieres saber los descansos que tiene el forense?

    —Además de eso, necesito que me dejes entrar por la puerta trasera. Nadie puede ver como entro.
 
    —¡Estás loco! —su tono de voz se elevó—. ¡Me jugaría mi puesto de trabajo!

    —Yo me jugué el mío por ti hace años. Ahora te pido lo mismo.
Oía su respiración como se agitaba antes de darme su respuesta.

   —A las siete de la tarde abandona Jonas junto a su ayudante la morgue para irse a la cafetería. Suele tardar veinte minutos en regresar de nuevo.

    —Tiempo más que suficiente. A las siete estaré en la puerta de atrás.

   —No —oía como me negaba—. A las siete y dos minutos. A esa hora Jonas y su ayudante ya habrán abandonado el pasillo por donde entrarás y estarán subiendo las escaleras.

    —Allí estaré.

    —Por favor, que no te vea nadie —su tono de voz era de preocupación.

   —No temas. Nadie me verá. Seré muy rápido. Además, iré con mi uniforme y me camuflaré entre los demás agentes.

    —Camúflate bien. Sabes que existen cámaras de vigilancia por la puerta por donde vas a entrar.
 
    Colgué la llamada y continué con el papeleo para gastar el poco tiempo que le quedaba al turno de ese día. Hablé con mi superior el día anterior para quedarme en la comisaría arreglando papeles en vez de salir a patrullar en mi jurisdicción como solía hacer. No hubo problemas al respecto, incluso se sorprendió que quisiese hacer papeleo. Era la cuartada perfecta para ir realizando llamadas hasta localizar a la persona que me dejaría entrar en la morgue del distrito para llevar a cabo mi venganza. El cuerpo de Richard Edwards lo trasladaron allí al desatarlo de la silla eléctrica, dejándolo como protocolo judicial allí toda la noche hasta el día siguiente en una de las cámaras de la morgue. Como prometió, estuvo a las siete y dos minutos abriéndome la puerta con sumo silencio.

    —Rápido —su voz parecía un murmullo—. ¿Qué vas hacer? —preguntó con el mismo murmullo en sus palabras al cerrar la puerta. Llevaba una gorra y unas gafas de sol para eludir los ojos de la cámara de seguridad.

    —Contra menos sepas, mejor Ed —copie su tono de voz silencioso. Estaba con mi uniforme y guardando mi rostro con unas simples gafas de sol.

    —Me tengo que ir. Cuando acabes, sal por esta misma puerta. Si te ve alguien, no te he visto desde la semana pasada —volvió a tener esa preocupación como en la línea telefónica.
—Me parece justo.

    Crucé el pasillo con unos pasos flotantes que apenas sonaban hasta la puerta de la morgue. La abrí, cerrándola instantáneamente sin apenas rozar la cerradura con su anclaje. Estaba dentro. Encendí las luces y vi dos cuerpos sobre las camillas de la morgue. Uno estaba completamente oculto bajo la sábana funeraria, y el otro solo tenía a la vista su rostro. En una de las cámaras leí el nombre de Richard Edwards, saliendo el característico olor de la silla eléctrica que estaba condensado en su interior cuando tiré de la palanca y se abrió la puerta, absorbiendo ese olor todo a mi alrededor. Tiré de la camilla y vi como salía su cuerpo iluminado por la luz de la habitación. La piel que estuvo en contacto con las correas que le ataban a la silla eléctrica estaba quemada, incluso podía ver tejido muscular al haberse derretido por la alta intensidad.

    —Ahora vas a sentir lo que sintió James, hijo de puta —dije apuntando mi arma hacía su pecho—. Voy a vaciar el cargador aquí mismo y te enterrarán con todas mis balas.

   —¿Por qué me dejaste morir Elliot? —el dedo que estaba sobre el gatillo para accionarlo y empezar a vaciar el cargador, empezó a temblar como si tuviese la enfermedad de Parkinson. Estaba viendo como el cadáver que estaba oculto bajo la sábana forense arqueaba su cuerpo sin vida, quedándose completamente de pie apoyando sus pies en el suelo—. ¿Has visto mi cuerpo? Tengo catorce agujeros. ¡Crees que mi mujer me va a seguir queriendo así, hijo de puta!

    La pistola cayó al suelo al no poder sujetarla por los temblores que estaba padeciendo mi mano derecha; no detonó ni una de las diez balas de su cargador. Estaba completamente desnudo, pudiendo observar nítidamente cada una de sus catorce heridas por las balas de Edwards meses atrás, tan frescas que daban la sensación que su asesinato hubiese sido esa misma tarde. Una reacción de huida me recorrió todo el cuerpo aterrorizado por la imagen que estaban viendo mis ojos, pero mi primer paso fue el último al apreciar como de la nada la puerta que estaba apenas a tres metros desapareció, como si en una fracción de segundo un grupo de albañiles la hubiesen tirado, levantado un muro y pintado la pared, dejando la sensación que jamás existió una puerta para acceder a la morgue. No tenía escapatoria de esa imagen de James mirándome fijamente mientras me hablaba, quedándome atrapado en esas cuatro paredes con dos cadáveres y con un tercero que me estaba hablando después de más de cuatro meses de su entierro.

    —No puedes estar vivo. Estuve en tu entierro con tu mujer y tus hijos —mis labios temblaban aún más que mi mano, pronunciando esas dos palabras de una forma que ni yo mismo llegué a entender que dije.

    —¡Ya te has olvidado de mí! ¡Seguro que mi mujer también lo ha hecho y te la estás follando! —sus ojos estaban llenos de ira, aterrorizando a los míos que se habían quedado completamente sin brillo. Su voz era inconfundible con ese tono enérgico que tenía, reconociéndolo en cualquier esquina de cualquier callejón.

   —Acabamos de matar a tu asesino. Míralo, está aquí. ¡Acaba de arder en la silla eléctrica! — gritaba completamente aterrado viendo como sus pies empezaron a caminar hacía mi posición, de una forma tan lenta que tardó en levantar el otro pie en su siguiente paso más de dos segundos, atormentando a mi mente que empezaba a entrar en un estado de enajenación mental. No podía esconderme en una de las cámaras: desde fuera se podrían abrir y sería una presa bastante fácil. Además, esconderme allí dentro hubiese sido una muerte rápida al dejar de latir mi corazón en la hipotética espera. Sus pasos se acercaron tanto que la única escapatoria que tenía era rodear la otra camilla donde descansaba el cadáver que tenía el rostro descubierto. Mi mirada se debatía entre mirar a esa imagen de James y mirar el rostro del cadáver, aterrándome la idea que abriese sus ojos o moviese sus labios para hablarme también—. ¡Por favor James, déjame! —rodeaba enajenado la estrecha camilla, gritando que me dejase en paz, sintiendo un terror de tal magnitud que notaba como la respiración se convertía en escarchas de hielo al hablar. Me costaba mantenerme en pie. Las piernas temblaban en un frenesí imparable, teniendo que apoyarme en la camilla para no caer al suelo en esa estrecha carrera donde el circuito era la camilla del cadáver—. ¡Déjame en paz! —dije cuando empujó la camilla para acorralarme contra la pared, desgarrando mis cuerdas vocales en un grito cuando por la inercia de la camilla el brazo del cadáver se movió, quedando por fuera del recubrimiento de la sábana forense. No soportaba más aquella escena de terror.

   Esa estrecha persecución se detuvo cuando se quedó paralizado en el otro extremo de la camilla, quedándome en los pies del cadáver mientras él estaba en el extremo de su rostro descubierto. Los ojos de James empezaron a perder el color marrón de su iris, quedando un blanco absoluto que lo inundaba todo, dejando una mirada vacía que me miraba sin decir nada. Le comenzó a salir sangre de cada una de sus catorce heridas, nueve de ellas en su pecho, quedando una imagen escalofriante donde su cuerpo empezaba a desangrarse delante de mí y manchaba el rostro del cadáver sobre la camilla. Se agachó y lo perdí durante un segundo. Fue tanto el miedo que sentí al desaparecer de esa manera, que me senté sobre la camilla vacía donde estaba su cuerpo minutos antes. En esa posición lo pude ver en esa inusual postura donde tenía colocado todos sus miembros en el suelo, asemejándose a un insecto con sus pies y sus manos en el suelo. Sin poder anticiparme a su movimiento, vi como movía sus articulaciones a una velocidad inhumana hacía mí para colocarse debajo de la camilla donde estaba, golpeando desde abajo en unos atronadores golpes que hacían levitar levemente mi cuerpo de la camilla.
    La puerta se volvió a materializar, saltando de la camilla tan rápido como pude impulsar mi cuerpo para escapar de esa pesadilla con la palma de mi mano abierta. Cuando me quedaba pocos milímetros para agarrar el pomo y girarlo, volvió a desaparecer. Mis dedos se impactaron a tal velocidad contra la pared que se deformaron al doblarse de la misma manera que un contorsionista de un circo, recorriendo la fuerza del impacto el brazo y rompiendo mi hueso, desgarrando la carne y sobresaliendo por la piel. Gritaba de dolor, retumbando en esas cuatro paredes donde no existía escapatoria.

    —¿Pensabas que te iba dejar escapar? —me decía en la misma posición de insecto escondido aún debajo de la camilla.

   Empezó a realizar gestos inusuales, como si se estuviese atragantando con algo, cesando a los pocos segundos. De su estómago empezaron a salir una a una las catorce balas de su tiroteo, diferenciando las siete de un calibre y las otras siete del otro calibre, amontonándose una sobre otra manchadas con el color rojo de la muerte.

    —¡Qué quieres de mí! 

    Gritaba sobrepasando el umbral de mis cuerdas vocales, desgarrándolas una vez más al comprender que no tenía escapatoria ante esa presencia. En el blanco de la pared donde estaba apoyado quedó salpicaduras de sangre al impactar mi mano contra ella y desgarrarse el hueso de mi muñeca. Mi corazón bombeaba sangre a tanta velocidad que hizo que mis pulmones empezasen a fallar, sintiendo como empezaba a faltarme el oxígeno en unas respiraciones cada vez más cortas. El poco oxígeno que salía de mis pulmones se mezclaba con el mar de llanto de mis ojos, comenzando a sentir una sensación de asfixia que empezaba a devorarme. Coloqué mi mano izquierda sobre el cuello, amasándolo como hacen los gatos sobre una sábana para intentar relajar mis pulmones y restablecer el oxígeno en ellos, pero solo sentía como tragaba más lágrimas y se iban acumulando en mis pulmones como si fuesen dos pantanos. 

   Se levantó del suelo abandonando la postura de insecto que había tomado, dejando amontonadas las catorce balas que había escupido de su interior. Una intensa niebla se manifestó de la nada, ocultando su imagen que desaparecía delante de mí sin explicación alguna; no había explicación para ese fenómeno de la naturaleza en el interior de la morgue. De la misma manera que apareció, fue desapareciendo, dejando a la vista algo completamente incomprensible.

   —¡Quién eres! —dije sacando la última gota de oxígeno que quedaba en el pantano que inundaba a mis pulmones al comprender que eso que estaba viendo no era ni humano ni un espectro: era la imagen de Richard Edwards la que estaba en frente de mí ahora mirándome, mientras el cadáver de Richard Edwards estaba descansando en la camilla de la cámara.

   —Has entrado en esta sala con la intención de vaciar el cargador de tu arma sobre ese cuerpo sin vida cuerpo —dijo señalando a Edwards—, cumpliendo con una especie de promesa que le hiciste a tu amigo en su entierro —aquello que me estaba hablando con la imagen de Richard Edwards no tenía rastro alguno de las marcas calcinantes de las correas, como si nunca le hubiesen condenado a muerte en la silla eléctrica. Sentía como mi vista empezaba a nublarse por la falta de oxígeno, siendo cada más difícil verle con nitidez—. Como ya habrás adivinado, no soy Edwards; ni mucho menos, tu amigo James. No balbuces, es inútil —me dijo al ver como movía mis labios mudamente por la ausencia de oxígeno en mis palabras—. Digamos que soy un nuevo asesino y tú, te has convertido en mi primera víctima, nada más. ¿Por qué os gusta tanto a los humanos la venganza? Si no te hubieses vengado, mi primera víctima hubiese sido Jonas, el forense jefe. Pero sabía que a las 18:03 del día 3 de julio del año 1981, el mismo día de su sentencia a muerte, entrarías aquí para cumplir con tu propia venganza cuando Jonas abandonase la morgue para irse a la cafetería. La primera y última víctima de Edwards fue un agente de la ley, al igual que mi primera víctima. Solo quería entrelazar su final con mi inicio. Me parecía graciosa esa paradoja, ¿a ti no? —Por tercera vez volví a ver como se materializaba la puerta. Por más que lo intentaba, mi sistema nervioso ya no me respondía, siendo imposible que levantase el brazo izquierdo para girar el pomo y salir de allí al fin. Sentí como mi corazón llevaba más de un segundo en que había dejado de latir y mis pulmones, lo único que contenían era el agua estancada de mi propio llanto que colapsaba mis vías respiratorias—. Yo no te he matado Elliot, has sido tú mismo quien se ha condenado a su propia muerte.
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MensajeTema: Re: Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Una histaria con capítulos para pasar el aburrimiento... policíaca Icon_minitimeJue 2 Abr 2020 - 13:21

IV


    —¿Podía repetir que vio, señor Jonas? —pregunté al testigo que presenció como el cuerpo del oficial de policía ocupaba el lugar del cuerpo de Richard Edwards en la cámara de la morgue.

    —¿Tengo que volver a repetirlo todo? —preguntó—. Se lo he dicho a su compañero, inspector. Él habrá hecho un informe al respecto.

    —Como superior del equipo forense sabe como funciona esto. Como inspector y jefe del caso tengo que tomarle declaración de nuevo; la memoria a veces se esconde. No es nuevo en esto señor Jonas, lleva muchos años trabajando con la policía.
 
    —De acuerdo —dijo con una respiración profunda que daba a entender que no le apetecía, pero era la única manera para revelar algún detalle que se le hubiese olvidado—. Llegué de la cafetería con mi ayudante y cuando abrí la puerta sentí el olor característico de un cadáver condenado a muerte por la silla eléctrica. Encendí las luces y vi que todo estaba tal y como se había quedado antes de abandonar mi puesto de trabajo. Siempre se apagan al abandonar la morgue: las luces acelera la descomposición de los cuerpos y entre menos tiempo estén expuestos a la calidez de la luz, mejor.

   —De acuerdo —simplemente dije. Ese detalle podría habérselo ahorrado, pero lo relataría de nuevo, supongo.

    —Aunque estaba sorprendido por el olor, proseguí con mi trabajo con la siguiente autopsia.

    —¿El cuerpo que tiene el rostro descubierto?

    —Exacto, ese inspector —me decía señalándolo.

    —¿Y el otro cuerpo? —le pregunté. Si había desaparecido uno, podría a ver desaparecido otro.

  —Es de un accidente de tráfico de esta madrugada. Es irrelevante para el caso —nos acercamos al cuerpo del oficial Elliot, aislando los dos cadáveres restantes de la morgue—. Giré mi cuerpo para coger el instrumental de mi mesa para proseguir con mi trabajo y no cortarme con ninguno de ellos —relataba absolutamente todo, sin dejar ningún detalle por relatar—. En esa posición aprecié el rastro de sangre que está junto al pomo de la puerta, no apreciándolo al entrar por la falta de luz y el olor— el rastro de sangre estaba compuesto por una mancha principal que estaba rodeada de salpicaduras de sangre, como si fuese de otra agresión.

   —Me imagino que esa sangre no estaba antes que abandonase la morgue, ¿cierto? —le pregunté.

   —Cierto, no estaba. Rápidamente cogí el teléfono y llamé a la comisaría del distrito.

   —¿Qué hizo después de realizar la llamada y avisarnos?

   —Inspeccioné todos los cuerpos de la morgue. No es la primera vez que se adentran en una morgue para robar un cuerpo para realizar cualquier rito satánico. Sabrá tan bien como yo que para esos ritos suelen usar cadáveres... frescos —dijo en un tono diferente.

   —Sí. Se ahorran exhumar en los cementerios —dije al conocer el modo en el que suelen actuar esos grupos satánicos.

   —Como inspector sabía que con pocas palabras me entendería a la perfección. Fuimos abriendo una a una las cámaras viendo como estaban todos los cadáveres, desechando esa teoría fulminantemente. Pero nos llamó la atención como de la camilla donde estaba el cuerpo de Edwards caían unas gotas de sangre bastante frescas y existía un bulto bajo la sábana. Su cuerpo llevaba más de siete horas muertos y aunque le hubiesen llenado de cortes con mi bisturí, no debería de sangrar ni una sola gota.

   —Lo sé. No soy licenciado en medicina pero sé que a las pocas horas a la sangre del cadáver le ocurre ese fenómeno.

   —Los muertos no sangran. Este es el cuerpo que nos encontramos al destaparlo: Un agente de policía. Al revisar el cadáver hemos encontrado su documentación. Pertenecía a la comisaría del distrito nueve.

   —¿No vio a nadie salir? —preguntaba incrédulo al ser imposible la ausencia de pistas en aquel caso. Nadie cometía un asesinato y salía del edificio gubernamental del estado de Georgia con un cadáver a plena luz del día sin que existan testigos. La única pista que teníamos era una marca de sangre en la pared.

    —No inspector.

   —¡Tápenlo, por favor! —dije al no poder soportar más mirar esa expresión post mortem que tenía ese agente de policía en su rostro, trastornando a mi mente cada vez que le miraba. Hubiese aterrado al escritor de terror más célebre. Rápidamente el ayudante del forense le tapó únicamente el rostro, dejando el resto del cuerpo a la vista para seguir examinando el lugar del crimen—. ¿Por qué murió con esa expresión? —pregunté a Jonas trastornado aún con su imagen retenida en mi retina.

   —Me gustaría saber esa respuesta para poder dársela, señor inspector, créame. Como forense, la única explicación que puedo diagnosticar es que murió totalmente aterrado.

    —¿Pero que vio? —preguntaba de nuevo al faltarme imaginación para saber que vio para morir con esa expresión en su rostro.

   —¿Le puedo ser sincero? —asentí—. No me gustaría saber que vio para morir de esa forma. Como hombre de ciencia no creo en otra cosa que no sea terrenal; pero la ciencia es incapaz de explicar lo que vio antes de morir.

   Su brazo descansaba sobre la camilla donde se extendía un río de sangre oscura por su superficie metálica, cayendo al suelo al rebosar uno de los bordes. Los dedos estaban completamente deformados, como si el asesino se hubiese entretenido en hacer formas irregulares con cada uno de ellos. Lo más espeluznante era ver como el hueso del brazo sobresalía como si tuviese incrustado un trozo de una flecha sobre su brazo. Era una imagen espantosa que me hacía revolver el estómago. Su arma reglamentaria descansaba uniformemente sobre esos dedos deformados—. ¿Le rompieron el hueso una vez estaba muerto sobre la camilla?

    —No —dijo tajante—.La sangre sería más oscura por la falta de oxígeno. Quien le haya hecho esto se lo hizo mientras seguía con vida. Además señor inspector, ¿sabe cuánta fuerza hay que ejercer para romper el hueso radio del brazo? No es un palo que te encuentras en el bosque y puedas romper con las manos.

    —¿Contra la pared? —la miré fijamente.

    —Llevo minutos inspeccionando esa mancha con la mano del agente Elliot y encajan perfectamente.

    —¿Quiere decir que le rompieron la mano y el brazo contra la pared?

   —Sí. Las salpicaduras corresponden al hueso del brazo al romperse, salpicando la pared mientras que la mancha principal corresponde a los dedos de la mano. Incluso, hemos encontrado fragmentos de hueso al inspeccionar ese rastro con la lupa. No hay duda, el arma que se utilizó fue la pared.

   —¿Me quiere decir que se partió la mano y el brazo contra la pared?

   —Sí.

   —¿Pero quién se rompe de esa manera la mano y el brazo así mismo?

   —Ese es su trabajo. El mío es explicar el cómo, no el por qué.

  —¿Esa marca? —Era una marca que tenía sobre su piel, muy cercano al pulmón derecho. Era similar a una especie de “x”, como dos figuras entrelazadas entre ellas colocadas superpuestas.

  —Fue en lo segundo que me fijé. Mi ayudante y yo la hemos revisado muchas veces y no hemos sido capaz de averiguarlo. Sólo puedo decirle que se hizo con algo bastante afilado —señaló a sus herramientas, dándome a entender que no utilizó ninguna por la falta de sangre en ellas.

  —Señor inspector —interrumpió uno de mis agentes—. Sabemos el móvil por el cual el agente Elliot estaba aquí con su arma. El asesinato por el que condenaron a la silla eléctrica a Richard Edwards fue un agente de policía.
 
   —Sí Joe, al agente James —Joe era desde hacía tiempo mi mano derecha, un agente que en mi ausencia sabía que podía confiar en él para llevar cualquier caso.

   —Pero resulta que el agente James y el agente Elliot llevaban más de quince años siendo compañeros en su comisaría. Según nos han contado, eran como hermanos.

   —¿Me quieres decir que vino hasta aquí para realizar alguna especia de venganza al cuerpo de Edwards?

   —Sí, señor.

  —¿Puede comprobar cuántas balas tiene esa arma, señor Jonas? —le pregunté al forense. Estaba esclarecido el móvil del agente Elliot en la morgue, pero quería saber cuántas balas tenía el cargador. Si entró para vengarse, deberían faltar algunas balas.

   —¡Está lleno! —exclamé cuando abrió el cargador—. Si su móvil era la venganza, ¿por qué no gastó ni una de sus balas? ¿Quién viene a vengarse con un arma y deja el cargador lleno? Alguien a quien interrumpieron antes de llevarla a cabo —dije como si lo pensase de nuevo.

   —Tengo una hipótesis, señor inspector —dijo Joe rápidamente.

   —Bien. Quiero oírla —le dije expectante. No teníamos nada y cualquier teoría podría servir para empezar con la investigación.

   —Puede haber sido obra de un imitador de Richard Edwards. Sus padres eran unos asesinos bastante conocidos en nuestro estado y vino para llevarse su cuerpo para realizar cualquier tipo de ritual satánico. Pero no se esperaba que el agente Elliot estuviese aquí dentro y le sorprendió. Empezaron un forcejeo y acabó con su vida.

   —¿Y le rompió el hueso en el forcejeó para quitarle el arma? No tiene sentido —era la primera hipótesis que teníamos, pero tenía muchas lagunas.

   —No hemos encontrado signos de ningún tipo de forcejeo. Las únicas heridas son las que veis. Si hubiese existido un forcejeo, sobre la piel del cuerpo existirían hematomas y otras heridas.

   —¿Y el arma homicida? El único signo visible es la rotura del hueso del brazo. Y nadie se muere por esa razón, y mucho menos en el transcurso de apenas veinte minutos.

   —¿Y si le inyectó alguna especie de veneno? —continuaba con su hipótesis, intentando que cobrase vida aunque tuviese lagunas.

   —Inspeccionando el cuerpo no hemos encontrado rastro de ningún tipo de inyección —respondía Jonas, tirando al suelo su teoría—. Tengo que practicarle la autopsia para saber el motivo de su muerte. A simple vista, lo único que puedo verificar es que le destrozaron los dedos, el hueso del brazo y nada más. Lo siento. Y como muy bien ha dicho señor inspector, nadie se muere por cinco dedos y un hueso roto en pocos minutos. Incluso, una persona podría seguir con vida con esas heridas transcurridos varios días. Primero, se inflamarían; luego empezaría a tener una fiebre alta; y, finalmente, moriría al infectarse la herida y morir con terribles dolores.

    —¿Y si le dio una muerte súbita? No sé cómo se llama clínicamente —una nueva teoría había sobre la mesa al imaginarme esa razón.

    —¿Se refiere a la catalepsia?

    —Sí.

   —¿Y al abrir la cámara se sobrecogió al ver como seguía vivo? —dijo como si estuviese leyendo mi mente.
 
   —Exacto. Esa cara de terror quedaría explicada. ¿Quién no moriría con esa expresión al ver como se pone de pie un muerto? —mi teoría fue ganando terreno.

   —No es del todo imposible. Existen casos en que el condenado sobrevive a la silla eléctrica. Pero, ¿nadie se fijaría en un hombre desnudo con la piel parcialmente quemada y con uno de los ojos ensangrentados? No hay ropa en esta sala. Nuestras batas nos la llevamos a la cafetería y como se aprecia, el agente Elliot mantiene su uniforme policial intacto. Sería como una de esas películas que están de moda para los jóvenes sobre muertos vivientes. Llamaría tanto la atención que dejaría terror en cada uno de sus pasos—en una sola frase hizo que mi teoría fuese más parte de un guion de película que una teoría policiaca de un inspector de policía.

   —¿Desde dentro se puede abrir las cámaras? —pregunté inspeccionando el mecanismo de apertura de la misma.

   —No. Es imposible abrir una cámara desde el interior. Una vez se queda cerrada, no existe manera desde el interior de abrirla: simplemente, no existe mecanismo en el otro lado.

   —¿Y si resucitó? —esas palabras eran del cadete Joan. Un joven que se acaba de licenciar.

  —Somos policías, no exorcistas, cadete —le respondí arduamente, aunque era la teoría que se nos había cruzado por la mente a todos nosotros en algún momento. Pero como dijo Jonas somos hombres de ciencia, y la ciencia no contempla la resurrección. Se esclarecería el caso rápidamente: muerto resucita de la morgue y mata a un agente de policía. Me estaba imaginando los titulares de los más prestigiosos periódicos del mundo, centrados en nuestro estado de Georgia—. Joe llama a la central y averigua el círculo más cercano de Edwards y de la familia Monson —sabía que no existían tales personas, que la familia Monson siempre estuvieron ellos tres solos.

   —De acuerdo inspector —simplemente asintió.

   —Lo que nos falta no son pruebas, si no, una persona.

   —¿Una persona? —La cara de Joe mi miraba al preguntar.

  —No podemos descartar nada, a excepción de la resurrección —mi tono no llegó a ser burlesco; se asemejaba más a un tono insinuante por la teoría del cadete—. ¿Alguien está revisando las cámaras de seguridad del recinto y las del alrededor?

   —Sí inspector. Se está encargando los agentes Jack y Meyers. Lo último que supe es que tenían en su poder todas las cámaras del recinto, pero tardarán horas en rebobinarlas todas en la sala de control hasta la hora exacta de la muerte.

   —¿Son buenos?

  —Los mejores que tenemos en la comisaría. Además, el equipo de seguridad del edificio les está acompañando.

   —Bien. Diles que en cuento hayan rebobinado todas y tengan las imágenes, quiero que me localicen inmediatamente.

    —Si inspector.

    —No importa la hora que sea. Quiero estar informado —dije tajante.

   —Ahora mismo les aviso por radio —dijo mientras agarraba el walkie talkie para empezar a recitar cada una de mis palabras a los agentes Jack y Meyers.

   —¿Cuándo habrá terminado con la autopsia de Elliot? Necesito saber señor Jonas lo más rápido posible cómo murió —a diferencia de Joe, a Jonas le hablaba con un tono menos autoritario. No era ninguno de mis agentes que obedecían cada una de mis órdenes.

   —En pocas horas habré finalizado con la autopsia y mañana a primera hora tendrá el informe sobre la mesa inspector.

   —No. Quiero que en el mismo segundo que descubra la causa de su muerte, esté marcando el número de mi casa. Tenga. —Saqué de mi cartera una de mis tarjetas con el número privado de mi casa. La comodidad de dar una tarjeta superaba al apuntar en cualquier trozo de papel mi número.

   —No creo que le llame más tarde de media noche. —Cogió la tarjeta y la colocó en el bolsillo de su bata—. ¿Puedo hacer algo más por usted? Si la respuesta es no, le agradecería que abandonase mi lugar de trabajo para empezar con ello —me decía volviendo a dejar al descubierto su rostro mientras que acercaba la mesa con el instrumental forense.

    —Espero su llamada —dije abandonando solo la morgue.
Joe se había marchado hacía la sala de control para agilizar los rebobinados de las cintas de seguridad con Jack y Meyers. Crucé al pasillo y subí las escaleras hasta la planta principal donde aprecié como todo el personal de la planta estaba ajetreada, creando corrillos donde murmuraban acerca del asesinato ocurrido minutos antes.

    —¿Cómo va los interrogatorios Marcus? —pregunté a uno de mis agentes que se estaba encargando de los interrogatorios del personal del edificio gubernamental.

    —Ninguno vio entrar a Elliot, ni sabían que estaba aquí dentro. Hemos llamado a su comisaría y nos dijo que se había tomado parte de la mañana libre. Nunca lo dijo pera todos han dado la misma respuesta.

   —¿Cuál?

   —Estuvo esta mañana presente en la sentencia de Richard Edwards.

   —¿Lo habéis colaborado con la prisión estatal?

   —Sí. Los funcionarios verifican que una persona con la descripción de Elliot estuvo presente con una foto en su sentencia.

   —¿Una foto? ¿La del agente James?

   —Eso creemos. Estamos intentando contactar con la mujer de James. Los funcionarios vieron como se despedían al terminar la sentencia.

   —¿Habéis dado con ella?

  —Aún no. Una patrulla ha salido hacia su dirección para hablar con ella. Cuando tengamos más información le informaré inspector.

   —¿Quién fue el último en verle con vida? —pregunté al ir resolviendo poco a poco las dudas del caso.

  —Sus compañeros en la comisaría. Pero todos concuerdan que salió sobre las cinco de la tarde y nadie supo nada más de él hasta que hemos empezado con el interrogatorio.

   —¿Le dijo a alguien donde iba al salir de la comisaría?

  —No. Se despidió como un día cualquiera. Pero es interesante cuando hemos averiguado que en su turno no salió a patrullar, quedándose de forma voluntaria en la comisaría para hacer papeleo.

   —¿Qué agente se queda de forma voluntaria para hacer papeleo?

  —Uno que lo utilizó como coartada.

  —¿Qué clase de coartada? —pregunté a Marcus.

   —Estuvo toda la mañana haciendo llamadas telefónicas hasta que dirigió una de ellas a su despacho.

   —Quiero el registro de todas esas llamadas telefónicas y sobre todo la llamada que desvió a su despacho.

   —Esa ha sido la primera llamada que le hemos pedido a la compañía telefónica. Sabemos a dónde llamó.

   —¿A quién?

   —Aquí.

   —¿Llamó aquí? ¿Para qué llamaría Elliot... al lugar dónde estaba el cadáver de Edwards? —la segunda parte de la pregunta la ralenticé, como si la repitiese en mi mente—. ¡Alguien le ayudó desde dentro para adentrarse en la morgue! —las preguntas del caso iban cayendo al igual que las piezas de un tablero de ajedrez a medida que se acerca el jaque mate—. ¿A qué hora realizó la llamada?

    —Pocos minutos antes de las cuatro de la tarde.

    —¿Cuánto duró la llamada?

   —Menos de siete minutos.

   —¿Menos de siete minutos? Eso significa que lo tenía todo planificado y la persona a la que llamó sabía que podía hacer que entrase.

   —Hemos hecho venir al personal que falta en el turno de mañana para colaborar sus coartadas. El personal que sigue de ese turno dice no saber nada de esa llamada. También hemos averiguado que solo existen dos entradas para acceder a la morgue.

    —Lo sé Marcus. Este edificio me lo conozco bastante bien. No es la primera vez que vengo para ver un cadáver. Uno de los accesos es la escalera del montacargas y la otra es la puerta que da el acceso a la parte trasera del edificio donde se encuentra el muelle de carga para los cadáveres. Puedes irte a tu casa Marcus, no hace falta que sigas con los interrogatorios. Yo voy hacer lo mismo.

   —¿Y el personal del turno de mañana que están por venir?

   —Cuando vengan que les digan sus compañeros que lo siente la policía por haberlos hecho venir hasta aquí, pero ya sabemos quién dejó entrar a la morgue al agente Elliot.

   —No lo entiendo inspector.

   —Cuando Jack y Meyers hayan acabado con las cámaras de vigilancia, lo sabremos. Una de las cámaras está situada en la parte trasera del edificio y la otra en el pasillo que da acceso a su interior. Son las ocho de la tarde. Yo me voy a ir a mi casa a dormir un poco hasta que rebobinen todas las cintas de seguridad. Te aconsejo lo mismo Marcus, esta noche va a ser larga.

   —De acuerdo —asintió Marcus acercándose al personal presente.

   Abandoné el edificio por la puerta principal y volvía respirar el aire de la calle, olvidando el aire mortecino que llevaba minutos respirando en la morgue. Arranqué el coche y me fui a mi casa a descansar como le había comentado a Marcus. Cené temprano acompañado de mi mujer y me acosté.

  —Me acaba de acostar Robin —dijo mi mujer en la cama cuando se le rompió el sueño al sonar el teléfono.

   —Es de la comisaría. Vuelve a dormir —era cerca de media noche—. Inspector Robin al habla.

   —Siento llamarle a estas horas inspector, pero nos dijo que le avisásemos en cuanto viésemos las cintas de seguridad.

   —¿Habéis visto los vídeos?

   —Sí. Acertó al decir quién dejó entrar a Elliot. Era un funcionario del edificio.

  —Mandar una patrulla a su casa y que cante —sabía las horas que eran, pero la policía no tenía horario a la hora de resolver un crimen—. ¿Y el asesino?

   —Eso es lo raro inspector. Prefiero que usted mismo lo vea —dijo con un tono de asombro.

   —Estaré allí lo antes posible —dije colgando el teléfono.

   —¿Tienes que salir ahora cielo? ¿No pueden esperar unas horas hasta que amanezca? —dijo con la voz somnolienta—. Quédate un ratito más. La cama se enfriará si te vas.

   —Sabes como es mi trabajo, no espera. Tienes una bolsa de agua que da calor —le dije graciosamente.

   —No hagas mucho ruido, el niño está durmiendo —se refería a nuestro pequeño, tenía cuatro años.
Me vestí con el mayor silencio que pude haciendo que el niño no se despertase, saliendo de mi casa con las llaves del coche. En menos de veinte minutos estaba en la sala de control del edificio judicial.

   —Buenas noches inspector —dijo Meyers—. ¿Quiere un café?

   —Sí, gracias Meyers. ¿Han llegado la patrulla a la casa del cómplice?

   —Sí inspector —respondió Joe—. Nos han avisado hace unos pocos minutos por radio que acaban de llegar.

    —Cuando acaben con su interrogatorio lo quiero saber todo.

    —Son conscientes inspector.

   —Este es el cómplice que dejó entrar a Elliot al edificio. —me decía Jack. En una de las cuatro pantallas de la sala de control estaba congelada la imagen de la persona que dejó entrar a Elliot.

    —¿En cuántas cintas aparecen?

   —Sólo en dos. Aquí se aprecia como a las siete en punto Jonas y su ayudante abandonan la morgue como explicaron esta tarde. Dos minutos después se ve como el cómplice baja las escaleras y se encamina hacia la puerta trasera donde estaba Elliot esperando. Abre la puerta y mantienen una breve conversación.

    —¿No se puede oír la conversación?

   —Señor inspector, las cámaras de vigilancia solo pueden grabar, no registrar sonidos —explicó Meyers—. Elliot entra en el interior y se dirige a la morgue mientras el sujeto vuelve por las escaleras hacia la planta de arriba.

   —¿Y el asesino? ¿Cuándo aparece en escena? —le pregunté como si estuviese sentado en una de las sillas del cine.

   —Ahora lo verá.

   Impacientemente vi como iba rebobinando con aquella lentitud los segundos las cámaras de seguridad.

   —¡No puede ser! —exclamé cuando vi que seguía rebobinando cuando Jonas y su acompañante entraron. Minutos después entramos nosotros—. ¿No hay más cámaras?

   —No inspector. Son todas las que existen.

  —¡No puede ser!. Se ve claramente como entra Elliot, pero no se ve como sale nadie … a no ser que... quiero a todos mis agentes del edificio cubriendo todas las salidas. Jack llama a la comisaría y que vengan todas las patrullas disponibles. ¡El asesino sigue en la morgue! Ha jugado todo este tiempo con nosotros.

   —¿Cómo es posible? —preguntó Joe.

   —Se habrá camuflado en algunas de las cámaras de la morgue, haciéndose pasar por un cadáver.

   —Pero si Jonas dijo que no se podía abrir desde dentro.

  —Pero sí desde fuera. Jonas abrirá la siguiente cámara y se lo encontrará. ¡Están indefensos! Joe acompáñame, rápido —le dije.

   Bajamos a la morgue y abrimos la puerta mientras pronunciábamos el nombre de Jonas y Nick; aún seguían dentro, ninguno le vio salir del edificio.

   —¡Mierda! —dije al ver los cadáveres de ambos en el suelo.

  Sus batas blancas estaban cubiertas de sangre, rociando el suelo con ese mismo color. El cuerpo del ayudante tenía el cuello cortado y el bisturí de Jonas clavado en uno de sus pulmones; mientras que el de Jonas... tenía la cabeza degollada, descansando pocos centímetros de su cuerpo. Sobre el cuello sobresalía el mango de una espada que simulada su cabeza, como si fuese el ritual de una civilización muy antigua. Ambos tenían las mismas marcas que el agente Elliot, pero en lugares diferentes. El ayudante tenía la marca en la frente, mientras que Jonas la tenía en su mano derecha. Inspeccioné cada una de las cámaras, pero todos eran cadáveres de verdad, siendo imposible que un cuerpo vivo sin ropa estuviese a esa baja temperatura. El informe de Jonas estaba sobre la mesa. ¡El asesino le había dejado que terminase con la autopsia de Elliot! Ponía que la muerte fue por una parada cardiovascular y que la marca sobre su pecho y las que tenían ahora ellos dos también, eran dos letras: una R y un E.

   —¡Están calientes inspector! —me dijo Joe al tocar sus cadáveres pocos minutos antes de la una de la madrugada—. El asesino no puede estar muy lejos.

   —¡Sube arriba! ¡Yo saldré por la puerta y lo buscaré en la parte trasera! Jack, Meyers, volver a revisar las cintas de seguridad. Pero esta vez quiero que solo rebobinéis la última hora y media de la cámara que enfoca la puerta de la morgue.

   Las patrullas llegaron casi de inmediato. Se hizo una búsqueda a kilómetros a la redonda sin ver nada más sospechoso que algún vagabundo y de alguna parejita en los parques demostrando su amor. 

   —Vuelvo al edificio y me reúno con vosotros. Quiero verle la cara a ese hijo de puta —dije por la radio del coche patrulla.

   Al entrar en la sala de control veía como seguían trabajando sobre el rebobinado de las cintas para su visualización, teniendo que rebobinar nuevamente toda la cinta. En aquella ocasión solo hacía falta rebobinar la última hora y media, siendo bastante más rápido que la vez anterior. La puerta se veía intacta todo el rato hasta que se abrió.

   —¡Imposible! —dijo Jack cerca de un ataque de nervios.

   —¡No puede ser! —dijo a la misma vez Joe—. Es Richard Edwards.

  No existía duda alguna, se trataba de Edwards. Se podía observar sus huellas calcinantes por su piel producidas por la silla eléctrica junto con ese ojo ensangrentado. Las imágenes mostraban como salía completamente desnudo cubierto por charcos de sangre sobre su pecho y rostro. Antes de perderse su sombra en la cámara de la puerta trasera a las doce y veinte de la noche, se paró y la miró fijamente sonriendo, como si supiese que íbamos a verle en la cinta. Nos llevaba dos horas de adelanto al salir a las 00:30 de la morgue. El equipo técnico tardó alrededor de cuarenta minutos en rebobinar ambas cintas donde salía Edwards.

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